La Legislatura de Tucumán rindió homenaje a Gabriel Eduardo Casas, juez del Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Tucumán. El reconocimiento permite volver sobre una figura judicial que dejó una marca singular: la de un magistrado que ejerció el poder de juzgar con autoridad y prudencia, con firmeza y humanidad, con conocimiento jurídico y sentido práctico.
Dice un proverbio alemán que los árboles más viejos dan los frutos más dulces. Si en un tribunal oral las sentencias pueden equipararse a frutos, la imagen ayuda a comprender su legado. Casas llegó a la magistratura después de una intensa vida profesional y política. Subió la montaña como viejo para llegar joven. Quienes trabajamos cerca de él sabemos que alcanzó la cima en su mejor momento.
Cuidó celosamente la lapicera. La mantuvo siempre en defensa del juez imparcial, entendido como el único modo legítimo de administrar justicia. Frente a las reacciones que generaban sus decisiones, solía repetir: “cuando las dos partes se quejan, es porque la sentencia es buena”. Esa frase lo retrataba: no buscaba agradar, sino decidir.
Aquel abogado de la calle y político de raza que inauguró como magistrado el tribunal federal creado para realizar juicios orales y públicos en materia penal, ensanchó el camino. Mucho antes de que el sistema acusatorio y el juicio adversarial fueran invocados como reformas pendientes, Casas los practicó con naturalidad. Entendió que el litigio penal es un conflicto entre partes, que el juez no debe apropiarse del caso y que el debate oral es el verdadero escenario de los derechos.
Fue práctico al proceder y convincente al decidir. Sólido para dirigir audiencias, solvente para resolver, discreto para juzgar, riguroso frente a la duda, respetuoso de las libertades, humanitario al impartir el castigo y enérgico para expresarse. Intervino en juicios en los que otros jueces no podían o no querían estar. Recorrió el noroeste argentino durante años, participando en causas complejas, especialmente en procesos por delitos de lesa humanidad, sin abandonar las obligaciones de su propio tribunal. Hizo de las audiencias un culto cotidiano y de la publicidad del proceso una garantía de transparencia.
Su formación permanente y sus aportes doctrinarios y jurisprudenciales quedaron reflejados en sentencias absolutorias y condenatorias. Esa constancia le dio prestigio ante las partes, la comunidad jurídica y la sociedad. Era predecible no por rigidez, sino por coherencia. Buscaba la verdad procesal sin convertirse en protagonista.
En tiempos de embates contra la Justicia, Gabriel Eduardo Casas deja un ejemplo valioso. Nos recuerda que la figura del juez probo sigue vigente; que la honorabilidad no es una consigna vacía, sino una práctica; y que retirarse sin denuncias, sospechas ni escándalos debería ser una regla infranqueable. Para lograrlo hacen falta dignidad, capacidad y esfuerzo. Casas tuvo las tres.